Balmaceda. La guerra entre chilenos

Tal vez lo sabía pero no me había dado cuenta: verdaderamente, me gustan los libros de historia chilena. Dentro de esos intereses me gusta profundizar sobre el período del Presidente José Manuel Balmaceda y el trágico final de su mandato.

Santa Cruz fue lugar que entregó personajes destacados de ese período. Entre ellos tres calles recuerdan sus nombres: General del Canto, Almendroza e Ismael Valdés.

Del primero podemos decir que lo conocemos desde niño: fue bautizado a los tres años de edad en la capilla de Calleuque dependiente de la Parroquia de Santa Cruz de Colchagua y su madre fue preceptora de la escuela de aquel tiempo, 1855. Su padre don Alejo del Canto, fue Subdelegado de Gobierno del distrito de Santa Cruz, dependiente de la provincia de Curicó.

Por su parte, don Justiniano Almendroza, de quien no tenemos el segundo apellido, sabemos que participó temerariamente, desde un principio, contra el régimen del presidente Balmaceda. Fue herido en la batalla de Zapiga, la primera contienda antibalmacedista. Luego del triunfo le fue conferido el grado de teniente coronel. Después de aquello, llegó a Santa Cruz. Aquí fue alcalde, regidor de la reciente comuna creada en 1891, además participó en el primer intento de crear un cuerpo de bomberos.

La novela “Balmaceda. La guerra entre chilenos” del escritor porteño Carlos Tromben, que origina este texto, presenta el conflicto en forma de diario de vida en el espacio de un mes. Desde el acontecer de personajes de uno y otro bando nos interiorizamos de aquel período trágico de nuestra historia. Lo doloroso es ver enfrentados a chilenos que fueron héroes de la Guerra del Pacífico, bajo el manto de una misma bandera..

Pasan los años y continúa creciendo la figura del presidente Balmaceda y su nombre se repite  cuando se habla de la expansión de los ferrocarriles, la creación de escuelas y liceos; la construcción del viaducto Malleco, en la novena región; en el liceo de Futrono; en el monolito que recuerda la inauguración de la estación de Palmilla; en Vichuquén, cuando se planificaba un corredor ferroviario bioceánico y otras muchas obras del país.

Casi en el epílogo de la novela dice textualmente: “…En su portada (El Mercurio del 11 de septiembre de 1891) los porteños leyeron:

“Ya ha terminado la triste pero necesaria tarea de quemar y sepultar los cadáveres de los muertos en la batalla de Placilla. En ese trabajo se ocuparon 400 peones durante 8 días y se gastaron 40 tarros de parafina.”

“El número de cadáveres quemados supera los 1600 y el de caballos fue de 60. Puede calcularse que los muertos alcanzan aproximadamente a 2000…”

¡Todos eran chilenos!

Jaime Vásquez Arriagada

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